Dónde están las estrellas? Nos nos prometieron estrellas?"
Pregunto a David Sylvian, que se planteó estas cuestiones en representación del género humano, pero se ve que no está esta tarde. Habrá bajado seguramente al mar, a hablar con la orilla.
Hagan un esfuerzo.
Lean A Scientific Romance, obra de 1997 escrita por el canadiense Ronald Wright. La novela describió acertadamente hace 14 años el engaño que estos últimos tiempos han puesto sobre la mesa, o sea, el de la economía.
Para no desvelarles mucho el asunto, les diré solamente que el protagonista de la novela describía la civilización como una trama piramidal. Y años después, en otra obra suya del máximo interés (sí, sí del máximo), pero no de ficción, hablaba de la civilización como una "sociedad compleja basada en la domesticación de plantas, animales y seres humanos”, en referencia (como señala el genial observador y sintetizador Jorge Riechmann) a las sociedades organizadas al estilo moderno, con sus clases sociales, sus élites dirigentes, su división del trabajo y su aura de paraíso.
Indicaba Riechmann en una reciente ponencia que todo recuerda a Ponzi, el célebre estafador que sistematizó el timo piramidal y lo elevó a categoría de respetable ciencia.
Todo en esta crisis recuerda a Ponzi, en efecto, porque de manera directa (aunque referido ahora a lo social y no a lo puramente monetario, que también) las ganancias de los primeros inversores (o sea de las primeras civilizaciones occidentales que han hiperdesarrollado el sector financiero sobre el productivo) se deben a los recursos aportados por los nuevos "inversores" (o sea, las últimas sociedades en unirse a la fiesta de lo financiero, como los países emergentes y aquellos que se han dejado engañar para unirse a la comunidad europea, sobre la promesa de conseguir en el medio plazo una aproximación rapidísima al estado del bienestar mostrado por las teleseries de los wasp).
Hagan otro esfuerzo.
Lean Breve historia del progreso, del mismo Ronald Wright, canadiense espabilado (que los hay), que observó (y Riechmann sintetiza) que los desarrollos de las civilizaciones de nuevo cuño (o, mejor, de las sociedades recientemente descubridoras del chollo financiero) se basan en ese esquema piramidal, que solo funciona si crece la cantidad de nuevas víctimas.
Ha pasado con las hipotecas subprime y sigue pasando con gran parte de las operaciones inmobiliarias en España y Europa. Sólo se caerá el invento cuando haya un número relevante de individuos que digan "a estos precios no compro" o "con estas comisiones no trabajo" (otro día hablaré de la degradación del concepto de comisión, cosa que, por cierto, me recuerda que la decadencia de una cultura comienza con la de su lenguaje).
Si India, Brasil, China y otros países quieren acercarse al sistema "occidental", que sepan que van a ser los últimos inversores del sistema de Ponzi, es decir, los que van a pagar los disparatados emolumentos de los gestores de fondos, los rescates de los bancos norteamericanos con dinero público y el pato de la crisis durante muchos años.
Salvo que encuentren nuevos incautos y los conviertan en los ultimísimos inversores del sistema de Ponzi. Mientras haya incautos habrá timadores. La pena es que, a diferencia de lo que ocurre con el castizo tocomocho, en el timo financiero occidental el grueso de los timados muere sin enterarse de su condición de alma de cántaro. El resto, prefiere simplemente hacer como que no se ha enterado.
Así estamos. El último que (a)pague la luz.
Este post es una colaboración de J. Cristóbal Jiménez, consultor de estrategia corporativa, y forma parte de una serie de posts remitidos por profesionales con amplia experiencia en algún área que consideramos de interés para los lectores del blog
Hace poco tiempo me recomendaron que en mi próxima visita a Marbella no dejase de visitar el restaurante de un joven chef andaluz que, en este local en concreto, se dedica a reinventar y actualizar las al parecer inacabables virtudes del cerdo ibérico.
Además de informarme de las maravillas gastronómicas que podría degustar, el recomendante insistió en la necesidad de reservar con bastante antelación ya que, al parecer, no es fácil conseguir mesa en el local. Inmediatamente incorporé la sugerencia a mi agenda de experiencias que hay que vivir.
Lo más curioso del caso es que, cuando le pregunte cuando había estado allí por última vez, me dijo que nunca había visitado el local y con una sonrisa mitad satisfacción, mitad triunfo me dijo “pero ya tengo reserva para dentro de dos semanas”.
Mantengo la sugerencia en la agenda porque en estas lides del yantar confío en el criterio de esta persona. Este episodio me hizo pensar sobre la importancia del boca a boca como motor de ventas en la sociedad en la que vivimos.
¿Cuánto dinero real va a reportarle al cocinero la sugerencia que he recibido? ¿Cuánto y cómo ha invertido el chef para que ese consejo se extienda y, lo que es mas importante, para que se convierta en una visita efectiva a su restaurante? ¿Seré yo el último eslabón en esta parte de la cadena de recomendaciones o me incorporaré al coro de prescriptores de la casa?
Estas reflexiones me llevan a la conclusión de que todos y cada uno de nosotros, en diferente grado, somos poseedores de una “moneda social” o “capital experiencial”, susceptible de convertirse, mediante su transferencia al imaginario de otros afines a nosotros, en ventas y, por lo tanto, en dinero real para el tercero que vende el producto.
¿Existe realmente ese capital? ¿Cuáles son las claves para su manejo? Y lo que considero mas importante ¿cuáles son los elementos activadores de la transferencia de unos a otros de ese capital experiencial?
Intentaré seguidamente describir, desde el punto de vista de un profano interesado en el marketing, cómo se desarrolla esa serie de relaciones que finalmente deben desembocar en la compra de la experiencia.
La primera característica ineludible de esa activación es una relación directa entre la expectativa y
En gran medida ya no somos lo que tenemos sino lo que hemos vivido. Esto nos lleva a la segunda característica, que es el rango social que nos proporciona esa experiencia. La experiencia ha de proveernos de un bagaje diferenciador del resto, ya sea por lo único y exótico de la misma o por la dificultad de poder realizarla.
Partimos de la premisa de que, queramos o no, todos, absolutamente todos, nos vemos influenciados por el grupo social o tribu en el que nos movemos. Pasar una semana a la intemperie durmiendo sobre una roca para observar los movimientos migratorios del tordo de agua puede ser una experiencia única y de gran trascendencia para el que la vive y una locura sin sentido para su entorno.
Nuestro capital experiencial para este caso concreto probablemente sea cero, a no ser que nos movamos en un grupo de aficionados a
Otra característica que aporta valor a la experiencia es que exista una cierta dificultad para poder acceder a ella, ya tome forma de lista de espera para un restaurante, de una edición limitada de un reloj o de una crecida de un afluente del Orinoco que precisamente permita el acceso en canoa a esa zona a la que generalmente no puede acceder el común de los mortales.
No debe estar al alcance de cualquiera en cualquier momento, es decir es nuestra experiencia, única, personal y… transferible. Esa dificultad se configura como nuestra primera satisfacción de cara a la posterior experiencia (ya tengo la reserva, ya tengo la entrada para un concierto que en una hora ha agotado las 65.000 entradas, ya estoy en la lista de espera para el ultimo artefacto desarrollado por Apple…), en fin, lo que antes comentaba sobre esa media sonrisa de satisfacción y triunfo.
El desarrollo (estudiado) del acceso al producto genera una primera sensación de logro que no tiene absolutamente nada que ver con las características intrínsecas del producto pero sí con el modo en el que intentamos acceder a él.
Queda mucho por tratar en relación con este asunto: las características intangibles del producto, el perfil del prescriptor o la importancia que las, tan de moda, redes sociales pueden tener (o no) en el posicionamiento de nuestra marca o producto de cara al consumidor. Son conceptos que intentaré desarrollar en posteriores posts.
De momento, y como simple adelanto, recordemos que nuestro producto no es lo que vendemos, sino lo que el cliente cree que esta comprando.
J. Cristobal Jiménez
cristobal.jimenez@deliterranean.com