Monday, October 15, 2007

¿Democracia totalitaria?

Estos días pasados, en relación con la anunciada objeción de conciencia ante una determinada ley, hemos podido escuchar a varias personas (dudé sobre si escribir personajes, pero me ha dado nosequé) intentando cerrar el debate de manera abrupta. Me refiero a la ley de la Educación para la Ciudadanía (EpC), en cuanto al objeto (podía ser cualquier otra, pero en este caso es la que es), al ministro de sanidad, a José Blanco y a la vicepresidenta del gobierno en cuanto a los sujetos. Bien.

De José Blanco, la cara más activa del PSOE, uno espera errores de bulto, de kilo, de estudiante de la ESO, de ágrafo y de muchas otras cosas. El hombre no da más de sí, por lo que no se le puede exigir otra cosa, y encima se dedica a la política, lo que constituye una peligrosa mezcla. Sin embargo, de los otros dos citados (la vicepresidenta y el ministro) uno espera un poco más de seriedad o, en su caso, de conocimiento.

Una y otro, ante la cuestión de la objeción de conciencia, han declarado que los ciudadanos deben cumplir las leyes emanadas de un parlamento democrático por los cauces establecidos, deben cumplirla y punto. “Estamos en un país democrático en el que el Parlamento dicta leyes y los ciudadanos responsables las cumplen” manifestó Bernat Soria. La vicepresidenta dijo algo parecido, que las leyes hay que cumplirlas y yastá, que no hay debate que valga.

Ya hemos dicho que los antecedentes de José Blanco le dan el derecho a homenajear a la estulticia cada vez que abre la boca, y esos mismos antecedentes nos quitan a nosotros el derecho a sorprendernos. Por eso a nadie debe causar extrañeza su elevado razonamiento sobre el particular: No se puede acusar de totalitario a un gobierno elegido en el seno de una democracia parlamentaria, ni porque niegue la posibilidad de objeción de conciencia ante la EpD ni ante cualquier otra cosa. Bien, de nuevo, y vamos concluyendo.

A los primeros, autores de declaraciones radicalmente carentes de base jurídica y moral, decía que debe exigírseles o seriedad, o conocimiento. Si han dicho lo dicho con conocimiento de lo que hay (y la vicepresidenta es jurista), o sea, saben que la cosa no es así ni mucho menos, hay que exigirles seriedad, en el sentido de que debían atenerse a la realidad de las posibilidades jurídicas de objeción, aquéllas que tan bien sabía la vicepresidenta cuando desde el PSOE se alentaba la objeción de conciencia frente al servicio militar obligatorio (eran otros tiempos ¿verdad Dña. Mª Teresa?) y que sin duda ha comentado con su compañero de Consejo de Ministros. Vamos, que intenten no ser cínicos.

La alternativa a la cumplimentación de la exigencia de seriedad es el conocimiento: Si es que no saben que el derecho a la objeción de conciencia está amparado por la Constitución española (pero ¿cómo no van a saberlo si lo han ensalzado cuando les ha interesado?¡. Calla, hombre, no emplees la lógica que te van a oir... ), la exigencia de los ciudadanos, decía, debe trasladarse al conocimiento, o sea, que si no saben no hablen, que se enteren bien de las cosas antes de pronunciarse sobre ellas, que no se puede ser tan iletrado como para soltar frases de ese jaez sin inmutarse, al menos desde el púlpito de vicepresidenta o de ministro. Que no, hombre, que si no estás preparado para el cargo, o no haces caso a los técnicos que te asesoran, te tienes que ir a tu casa.

La idea que transpiran las palabras de ministro y vicepresidenta es la de una sociedad en la que las leyes son justas por el mero hecho de ser leyes; en la que la formalidad cumplida significa carta blanca para el contenido; en la que el ciudadano no tiene la más mínima posibilidad de oponerse a leyes injustas, aunque éstas puedan se aberrantes, y aunque se legisle sobre cuestiones de la esfera íntima de los ciudadanos (¿por qué no, llegado el caso?). Una sociedad con un gobierno totalitario, en la que éste regule absolutamente cada parcela de la existencia de sus ciudadanos sin que éstos puedan decir ni mu (o mejor dicho, en la que lo único que puedan decir no sea ni siquiera muuu, sino beeeee) ante invasiones de su esfera de libertad.

Acabo. Vicepresidenta: los ciudadanos no están ahí para obedecer todo lo que llegue del parlamento, aunque haya pasado todos los trámites formales, y Vd. lo sabe (y si no lo sabe, dimita y vuelva a la facultad de derecho). Las normas manifiestamente injustas pueden (y deben) ser contestadas por los ciudadanos, no faltaba más.

Ministro: los ciudadanos responsables no son los que se limitan a obedecer las leyes del parlamento, sino los que, como principio general de actuación, lo hacen, pero resisten cuando dichas leyes son injustas o arbitrarias. Éso es responsabilidad; lo otro es borreguismo, apatía y desinterés, pensamiento único y fin de la sociedad civil.

Termino del todo: Sr. Blanco, hombre, infórmese. Está claro que Vd. piensa que la democracia es incompatible con el totalitarismo, pero es que Vd. confunde totalitarismo con dictadura. Le resumo en dos líneas ( y gratis): el totalitarismo tiene que ver con la amplitud o estrechez del ámbito de libertad personal que el estado deja al súbdito, dejando dicho ámbito reducido a la nada a través de regularlo todo, incluso la conciencia y la intimidad del ciudadano (o borrego, en este caso); esa actuación se puede hacer por la fuerza, y sin más base que ésta, carente de otra legitimación siquiera inicial (o sea, constatándose una dictadura sin base democrática) o por la vía formalmente democrática, vía aprobación de leyes, aun ignominiosas, a través de los cauces parlamentarios previstos ( o sea, constatándose una democracia real en origen y formalidad).

En definitiva, un sistema puede ser perfectamente democrático y a la vez totalitario, entérese. No se enfade Vd., Sr. Blanco, cuando se califique al actual gobierno y su sistema como totalitarios: no les están acusando de dictadores, no se dice que nadie les haya votado. Se les está diciendo, para que Vd. lo entienda, que se quieren meter en todo, que quieren legislarlo todo, absolutamente todo, incluidas conciencias, pensamientos y moralidades. A ver si se entera. Hay y ha habido aberraciones muy democráticas, pero inaceptables por totalitarias, y hay y ha habido dictaduras nada totalitarias, pero inaceptables por dictaduras.

Termino ya del todo, dirigiéndome a los tres (ministro, vicepresidenta y Pepiño): gobiernen y legislen como quieran, pero no esperen que los ciudadanos (no todos, al menos) renuncien a su derecho a la crítica y a la resistencia fundamentada en la Constitución, cuando lo legislado invada sus conciencias.

5 comments:

IGNATIUS said...

Está Vd. hablando de políticos.No les haga Vd. decidir entre seriedad y conocimiento, porque es muy posible (a las pruebas me remito) que no tengan ninguna de esas dos materias en su curriculum.

PEDERSEN said...

Lo que Vd. insinúa en el blog es que cada uno puede hacer lo que quiera con las leyes, cumplirlas o no cumplirlas y eso acaba siempre en anarquía.

Bernat Soria tiene razón, sin perjuicio de que un ciudadano pueda mostrarse más o menos crítico. El caso, salta a la vista, es mantener el acoso al gobierno, por lo que sea.

Jean Loglalev said...

Buenos días, Pedersen,y gracias por sus comentarios.

No se trata de acosar al gobierno ni a los políticos del PSOE (aunque si hay que elegir entre que el acoso, de existir, lo sufran los ciudadanos o el gobierno, francamente entenderá que opte por la segunda alternativa).

Se trata, querido amigo, de que la vicepresidenta y el ministro o mienten como bellacos (cosa que no es aceptable) porque saben que el ciudadano tiene medios constitucionales de resistencia ante lo que considere que invade su conciencia gravemente, o no saben que ese derecho existe, con lo que deberian haber dimitido al terminar sus frases (tan pronto el técnico de turno les hubiera mencionado la posibilidad de objeción de conciencia.

Al final, una y otro deberían estar ya en casa y no en el gobierno, por cínicos en un caso o por incompetentes en el otro. La vida pública es (debía ser) así.

Ignatius said...

Jean,

No me creo que Vd. sea tan ingenuo, pero le alabo (hasta cierto punto) ese toque de utopía política que parece le inspira

Jean Loglalev said...

No se trata de ingenuidad, Ignatius, se trata de que los ciudadanos debemos engrasar nuestro resorte (que lo tenemos) de reacción a las cacicadas políticas.

Y como la oposición parece que está a verlas venir, pues habrá que olvidarse de los partidos y actuar de manera directa. Creo yo.